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August 15 pescaste las ganas de no pescarluego de varios intentos en los que el hilo se mantiene inmóvil en la caña, se enreda en el carrete, la carnada se desprende o el anzuelo se te engancha en la playera, logras lanzarlo suficientemente lejos como para que, piensas, una trucha pique. te sientas a esperar.
del otro lado del estanque, una familia ―perro incluido, por supuesto― instala su ruidoso día de campo sin preocupación alguna por las negras nubes que se van juntando a tu derecha. otros grupos de improvisados pescadores tampoco parecen prestarles la menor atención, ocupados como están en lanzar sus anzuelos al estanque. Total, si llueve no pasa nada... te dices mientras el hilo permanece inmóvil, ligeramente tenso por el peso del plomo.
la imagen del pez prendido del anzuelo te hace recordar al ratón que encontraste muerto en el baño de un cine y que, cogido de la cola, mostraste a tu madre para preguntarle qué era. tenías cuatro años y una novia que esa tarde fue al cine contigo, pero también acompañada por su madre como conviene a las buenas costumbres laguneras. se llamaba griselda y una vez le dijiste a su padre que de grandes vivirían en la luna ―obviamente, ibas a ser astronauta cuando crecieras― y comerían pizzas, ¿qué otra cosa? luego de decirte que un ratón era algo muy sucio, te lavaron las manos con alcohol.
a griselda le debes tu primer beso: mucho tiempo después le preguntaste cómo se decía adiós y ella te respondió que eso vendría en su examen de inglés; la corregiste: pasaste tu brazo sobre sus hombros para explicarle que adiós se decía así... y la besaste. las cosas que uno recuerda cuando está esperando que un pez coja la carnada, sonríes para ti.
sonrisa que te dura sólo un instante porque la señora de tu izquierda grita y sostiene con fuerza una caña que se arquea hacia el agua, grita y rebobina el hilo, grita y saca del agua una convulsionante trucha, grita y la arrastra por tierra sin que sus desesperadas contorsiones puedan evitarlo.
no alcanzas a ver a dónde la lleva, pero no hace falta. ya tú te estás imaginando que el debilitamiento paulatino de esos movimientos pronto será quietud sólo interrumpida por esporádicos espasmos. imaginando la apertura inusual de unas braqueas que tratan de respiar un medio irrespirable. imaginando un cuerpo frío tendido sobre la tierra y las pocas gotas que quedan sobre su piel ahora seca. imaginando el curvo reflejo de este mundo aéreo en la convexidad de unos ojos que se apagan lentamente sin poder si quiera intentar entender lo que ocurrió. ojos de pescado, como se le dice al gran angular... piensas con ironía.
la caña, el hilo, el anzuelo bajo el agua, el pedazo de masa que lo oculta... todo te parece tan atroz; la espera en esa silla, un gesto ligeramente despiadado. rebobinas el hilo, quitas el anzuelo, cubres el plomo con una bola de masa y lo lanzas. tal vez no tengas estómago para presenciar a tus pies la agonía de una trucha, pero te gusta estar ahí esperado que algo pase.
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